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Fronteras e Identidad Nacional en el siglo XXI

  • Foto del escritor: cuervo albino
    cuervo albino
  • 25 jul 2024
  • 7 min de lectura


Dialéctica de la identidad


La identidad nacional en el siglo XXI se construye a partir de la tensión entre un amor y una decepción para con la nación donde uno crece. El amor es inevitable en tanto la nostalgia propia de la infancia y de la cotidianeidad en general tiñen la experiencia personal de un país de modo tal que, incluso en las circunstancias más adversas, ciertos signos permanecen en la conciencia como aquello que es propio, como aquel hogar del cual no es posible desprenderse. La lengua materna, el paisaje de la niñez, la comida, los aromas. La decepción también es inevitable, en tanto todo país, toda nación tiene su dosis de “oscuridad” histórica. Ya sea en cuanto a su política interna o externa, ya sea que nos haya afectado hasta arruinarnos la vida o nunca haya influído en absoluto nuestra vida cotidiana; no importa realmente qué sector de la sociedad global haya sido impactado, no hay identidad nacional hoy que sobreviva ilesa a los crímenes de su gobierno. 


Naturalmente podemos pensar en personas que vean en estas prácticas ilícitas o en general destructivas, algo justificable, y busquen identificar ese amor temprano también en ellas, ya sea negando el aspecto inmoral ‒que entraría en disonancia con los propios valores‒ o bien identificando en todo momento sus valores con aquellos de algo así como “la Nación” (concepto tan abstracto que las más de las veces necesita un refuerzo concreto, un monarca, tierras específicas, un gobierno, una religión, un grupo como “el proletariado”) y justificando así todo medio en pos de un fin que siempre es mayor. Lo cierto, respecto a este último punto, es que en la política los medios terminan siendo siempre fines en sí mismos, querámoslo o no; y que este personaje hipotético (pero no tanto) es menos un ciudadano que construye su identidad nacional y más un chauvinista o un negacionista. 


Para construir desde uno mismo una identidad nacional es también necesario negar aquel supuesto origen mítico que nos es impuesto como verdad de las identidades nacionales del pasado. Que una nación moderna nunca comparte algo así como una “estirpe”, un origen común, sea racial, cultural, o de cualquier tipo, ya es bien sabido; y las consecuencias de estas ideas han sido ejemplificadas por todo tipo y variedad de fascismos, más notablemente por el nazismo. Gran parte de la crisis de identidad que nos atraviesa hoy puede surgir de la traspolación de aquel ideal decimonónico, ‒quizás considerado necesario en la conformación de las naciones mismas‒ a nuestra era. No sería posible hoy construir una identidad mirando hacia el pasado, únicamente podemos hacerlo con material extraído del presente. 


Latinoamérica se encuentra en una situación particular, en menor medida por su historia y en mayor medida por el discurso que se construye a partir de esta. Para un alemán es relativamente sencillo declarar que no hay algo así como un origen ario de la nación alemana, y ese es, de hecho, el primer movimiento que realiza para construir, desde aquella negatividad, la nueva identidad. En latinoamérica tenemos ya un “doble origen” que es doblemente negado. Por un lado lo que se suele denominar “precolombino” (y sí, es una cruel ironía nombrar a toda una época a través de su final, como una especie de “antes de Cristo”, pero colonialista) y por otro las diversas migraciones, que en el discurso originario se construyen como occidental-europeas, negando en primera instancia el ingreso de gran número de europeos del este, así como una inmensa cantidad de africanos, muchas veces importados en función de esclavitud. ¿Por qué digo doblemente negado? Porque el discurso dominante parece tener sólo respuestas negativas hacia la pregunta del origen: ¿Somos naciones “precolombinas”? No. ¿Somos entonces naciones “europeas”? Por supuesto que no. Esa negación que tendríamos que estar haciendo nosotros mismos como ciudadanos desde la reflexión y la praxis, nos viene ya negada. Nuestra actitud negadora de aquella negación resulta, como si fuera un problema de proposiciones lógicas, en una afirmación; y no necesariamente en el sentido de la superación hegeliana. O bien caemos en la afirmación de alguno de los dos orígenes, negando implícitamente el otro, o bien construímos una especie de orígen mítico-histórico, en el cual la unión, generalmente idealizada, de la “raza europea” y la “raza americana” dio lugar a nuestra nación. 


Yo creo que esta postura, aunque la presento simplificada, deja mucho que desear a la hora de reconstruir la complejidad histórica que constituye no sólo a nuestras naciones latinoamericanas, sino a toda nación del planeta. Y vuelvo sobre lo que dije, no es una particularidad histórica, tanto como discursiva. En la historia de todos los pueblos hay dominaciones, genocidios, sometimiento, cruces culturales. Poco importa en términos de identidad si esto sucedió en el 690 a.C, en el siglo XVII o en un pasado mítico que no dejó rastros(*). Reitero, entonces, algo ya dicho: el pasado no nos sirve en esta empresa, sólo el presente. Y esto no es un llamado a negar la Historia, todo lo contrario: la Historia es la ciencia que justamente busca explicar el presente, en todo caso es un llamado a utilizarla. 

(*) Hablando de pasados míticos, el auge de la derecha en Argentina me brindó un ejemplo tan ilustrativo como gracioso: el aficionado a la historia, divirtiéndose contrafácticamente, puede pensar ¿a qué pasado mítico puede llegar a remitir un fascismo argentino en una nación que no llega a los 250 años de edad?  J. Milei durante su primer discurso presidencial se declara heredero de la generación de 1837. Esto nos proporciona pruebas empíricas: cualquier pasado puede ser mitificado, no hay límite de edad.


No creo en las fronteras, pero que las hay, las hay


Finalmente cabe preguntar ¿es necesaria hoy una identidad nacional? Si ya se encuentra en proceso de disolución, ¿por qué no “dejarla morir”? La pregunta es pertinente en relación a una idea que fue cobrando importancia en las postrimerías del siglo pasado. En ambos polos de la guerra fría, el mundo empezaba a aparecer ideológicamente como un todo. Es evocativo pensarlo en relación a las nuevas imágenes de la carrera espacial: el Hombre posado en la luna, en los confines del cielo mira hacia nuestro orbe y ve un sólo y único mundo, de consumidores o de proletarios, pero unificado. La famosísima canción de Lennon predica ya en 1971 que imaginemos “There’s no countries (...) nothing to kill or die for” y el “triunfo” estadounidense, tras la caída de la Unión Soviética y la subsecuente globalización acelerada de los 90’ aparentemente fortaleció la ilusión; ya que hay Mcdonald’s en Ucrania, y Starbucks en Sudáfrica, pronto no habría tal cosa como “fronteras” o “países”.  


La realidad, sin embargo, dista en un par de puntos importantes respecto de aquella utopía. Podríamos pensar rudimentariamente en una frontera “unilateral”, de manera que para un país “desarrollado” la frontera es invisible, imperceptible; en especial para la empresa multimillonaria (que hoy denominamos tan notablemente multinacional o transnacional) que a la hora de extraer los recursos necesarios, o de conseguir mano de obra lo más barata posible (niños, por ejemplo), tiene ante sí el mapa completo del mundo, y aquí sí ellos pueden cantar libremente “imagina que no hay países…” 

Ahora bien, la imposición de una hegemonía cultural por parte de estos países que llamamos primermundistas, indefectiblemente genera, en un mundo que está, en su mayor medida tercermundizado, un sistema de aspiraciones que concluye con una idea del ascenso social fuertemente ligada a la migración. Posicionándonos desde la perspectiva tercermundista la frontera ya no es invisible, toma la forma concreta de un alto vallado como el que divide México de USA. Merece la pena citar aquí a Rosi Braidotti: 

“...el consumismo mundial, a la vez que promueve una ideología de que «no hay fronteras», pone en práctica un sistema extremadamente   controlado de hipermovilidad de los bienes de consumo, bytes de información, datos y capital, mientras que la gente ni mucho menos circula con tanta libertad. Como consecuencia de estas diferencias  de velocidad de movilidad, una diáspora mundial ha reemplazado la condición ejemplar del «exilio», produciendo con ello posiciones de unas diferencias dramáticas entre los sujetos nómadas. (...) La violencia de la desterritorialización capitalista induce éxodos de poblaciones a una escala planetaria sin precedentes, lo que incluye desalojos, masas sin techo y una desposesión sistémica. Las injusticias estructurales, incluida la pobreza y el endeudamiento crecientes, condenan a buena parte de la población mundial a condiciones de vida infrahumanas” (Braidotti, 2019)  

Así, el país primermundista parece decir “tus fronteras no existen, pero las mías sí”. Y no sorprende en absoluto que el “problema de la inmigración” esté a la orden del día en todo itinerario político del primer mundo, en todo noticiero, y que forme parte de las preocupaciones cotidianas del ciudadano.  


Como conclusión, e intentando responder a la pregunta que encabeza la sección, podemos pensar que si vivimos efectivamente en un mundo fronterizado, y si al interior de cada una de estas fronteras la vida y los intereses políticos se configuran de maneras tan diversas, no sería descabellado pensar para cada uno de estos casos, herramientas políticas e ideológicas particulares, así como finalmente identidades particulares. 

También cabe reflexionar sobre qué características tiene esta identidad en el siglo XXI. Si la idea ya no es matarnos entre todos, entonces la función “to kill or die for” de la identidad quizás pueda ser dejada de lado. Si ya no es necesario homogeneizar una población dispersa, rural, sin intereses en común, bajo un mismo himno y bandera, bajo un mismo proyecto político centralizado, tampoco necesitamos una identidad homogénea. En el concepto nuevo de identidad no hay, en rigor, lugar para lo “idéntico”, si se me permite esa subversión de la etimología. El aspecto “nacional” del ser humano contemporáneo es tan intrincado y complejo como todos los otros aspectos que lo constituyen. Pensemos en la identidad latinoamericana, la identidad argentina, la identidad mapuche; un esquema simplista nos la presenta como círculos concéntricos en los que uno sería primero mapuche, luego más allá argentino, y finalmente latinoaméricano. Creo que una visión más acertada es pensar en una red en la que uno está suspendido, atravesado fragmentariamente aquí y allá por intereses, cosmovisiones, afinidades, con el argentinismo, el mapuchismo, el latinoamericanismo. No hay (ni es necesaria) una identidad unívoca, “completa”, compartida por todos. Esa univocidad -que por otra parte no se da ni siquiera en lo más básico de una cultura, su lengua- siempre fue, a lo largo de la historia, construída y artificial, así como en muchos casos no sólo perjudicial, sino también errónea. Llega el momento de aceptar que somos seres de constitución extremadamente compleja, fragmentaria, a veces insondable. Necesitamos identidades no-idénticas, también fragmentarias, complejas, no esencialistas sino pragmáticas y que puedan funcionar desde la diferencia, que es al final del día lo que siempre tendremos en común.



 
 
 

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