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The Beatles y la invención del pop contemporáneo

  • Foto del escritor: cuervo albino
    cuervo albino
  • 3 dic 2023
  • 6 min de lectura


Hacia mediados de la década de los 60’ The Beatles se retiran (casi) permanentemente de los escenarios. Algunos atribuyen esto a cierto cansancio y nos remiten a sus ojos somnolientos en la portada de Rubber Soul y a los videos donde grandes masas de fanáticas ruidosas cubren la música con sus gritos de emoción. Algo de esto habrá tenido su influencia en la decisión, pero lo cierto es que la banda se encontraba en un momento de grandes pulsiones artísticas, en una era lista para lanzarse a la vanguardia y la experimentación en territorios no explorados de la música “popular”; ellos supieron darse cuenta que no era en el escenario donde encontrarían tierra fértil para esto, sino en esa innovación relativamente reciente del álbum de estudio.


Digo relativamente reciente porque, si bien la tecnología existía ya hacía unos 20 o 30 años y hubo centenares de álbumes de estudio anteriores; es en este momento cuando congenian y se perfeccionan las relaciones entre las nuevas tecnologías y la práctica. Se amplía la cantidad de pistas que se pueden grabar por separado, se estandariza la práctica de los overdubs, (grabaciones “extra” que uno realiza sobre la pista ya grabada) lo cual permite prescindir de tener a todos los instrumentos tocando simultáneamente; y se perfeccionan las posibilidades de edición sobre la cinta magnética.

Los cambios, lejos de ser meramente tecnológicos también atañen a lo social: el disco es ahora un producto masivo, de comercio internacional. Al menos en términos cuantitativos es mucha más la gente que se acerca a la música de un grupo como The Beatles a través de sus discos, que aquella que lo hace por vía de presentaciones en vivo.


Geoff Emerick, ingeniero de los Beatles desde Revolver (1966) jugó un papel escencial en la nueva búsqueda sonora.

A todo esto John, Paul, George y Ringo se encontraban en el auge de su carrera. El éxito que los precedía, tanto en términos sociales como económicos, les permitió dar la espalda a las presiones del mundo de las giras, y focalizarse en la creación de una nueva forma de producto artístico: el Álbum. Esto es, el álbum como obra de arte íntegra, auto-concluída; no ya como una mera simulación de algo que puede darse en vivo (ni tampoco como un compaginado antológico de obras o canciones individuales), sino como una especie de collage minucioso, donde cada elemento tiene su propia carga simbólica irremplazable, dónde cada punto es equidistante al centro.

La visión estética de un artista musical ya no queda plasmada en la canción en su definición vaga, ni la partitura de una composición; sino en el álbum, que aparece para integrar y superar las formas anteriores. Reformulando a Mallarmé: El mundo existe para llegar a un álbum. Ésta es la revolución Beatle, no me siento osado al decir que es con ellos que nace la canción y el álbum contemporáneos (y más adelante veremos en qué elementos la actualidad es aún deudora, y cuáles fue dejando caer). Instrumentos que suenan de atrás para adelante, múltiples Johns que cantan simultáneamente, orquestas que aparecen y se van de maneras imposibles; en una especie de metáfora con el arte visual podemos ligarlo al abandono de la mímesis, de la imitación, en pos de la abstracción, el símbolo y lo imaginario; pensemos a su vez en el contexto sesentero de auge de la psicodelia y revival del surrealismo, ligado a esta noción de un disco que suena de un modo que “no puede sonar en el mundo real”.



Es evidente que frente a estos cambios en estilo, la forma no iba a permanecer inalterada. Ya en Magical Mistery Tour es notorio el cambio en la metodología. Las transiciones entre partes de las canciones pueden variar entre un cuarteto de cuerdas que aparece inesperadamente, un grupo de ruidos imprecisos, o un fade out- fade in. La forma se libera y las canciones fluyen de parte en parte de manera menos esquemática; I’m the Walrus y Strawberry Fields Forever son buenos ejemplos de esto. El llamado White Album constituye un punto cúspide en este proceso. La experimentación a rienda suelta con el formato llevan a la publicación de un disco que no sólo es doble (es decir, el doble de largo) y no tiene ninguna foto en la portada, sino que además es el primer álbum que no tiene ningún single. Las canciones en sí no se quedan atrás: desde el tono hipnótico de canciones como Julia, el optimismo casi ridículo de Obladi-Oblada, hasta el carácter rupturista de Wild Honey Pie y Helter Skelter, el grupo nos hace una especie de recorrido libre a través de las posibilidades estéticas de esta nueva canción (además eliminando esos segundos que tradicionalmente separaban las canciones entre sí, generando una efecto collage, una especie de larga canción amorfa).


Los límites que delineaban la canción tradicional son amplificados, permutados y eventualmente obliterados. De hecho, las dos pistas que concluyen el álbum son significativas en este sentido: la primera es la infame Revolution 9, una obra que de canción no tiene nada, más ligada a los experimentos de Pierre Schaeffer en los laboratorios de la GRM. Para algunos una especie de chiste o burla de esos jóvenes insolentes con demasiado poder y popularidad; para otros un llamado a equiparar —unir incluso— al pop con la “música seria”. La segunda y última canción es Goodnight, una hermosa balada hollywoodense cantada por Ringo, con un arreglo orquestal lozano y hasta anacrónicamente meloso. ¿Una especie de metáfora acaso? ¿Destrucción y restitución del formato canción? ¿Integración de la “tradición” (que los Beatles pueden identificar con Sinatra, Hollywood, los crooners) y la “vanguardia” con sus atractivos sonidos nuevos traídos por Schaeffer, Stockhausen, et al.? The Beatles nos entregan las cenizas en una mano y el fénix renacido en la otra.



Las innovaciones tecnológicas ulteriores no hicieron más que profundizar este fenómeno, que ahora cabe para definir la totalidad de la música que llamamos “pop”. Es realmente imposible plasmar de manera fiel casi cualquier hit desde fines de los 80’ hasta hoy en una partitura, y esto es cada vez más cierto entre más nos acercamos al presente. Un ejemplo paradigmático es el hip-hop, donde las alturas tonales son en general secundarias y otros factores más tímbricos, relativos a este tipo de creación “collage”, cobran importancia capital.


Ahora bien, el Álbum contemporáneo difiere de aquel que nació en los 60’. Para dar cuenta de aquella diferencia vamos a remontarnos nuevamente al emblemático White Album. Nunca más desde entonces se vió en un álbum de tal popularidad una manifestación tan plural y explosiva de moods diferentes. En general esta particularidad es vista con cierta nostalgia: cada Beatle comienza a gestar un estilo propio, personal y diferenciado de los demás, y en relación a esto, es entendido como una semilla de lo que luego sería el fin de la banda. Más allá de esta lectura, el resultado estético es muy claro, y es una dirección frente a la cual el álbum contemporáneo se posiciona casi en contra. La industria y el mercado musical han cambiado bastante desde entonces y hoy el “tipo ideal” de artista pop no es ya la banda como lo supo ser en otro momento, sino el solista. La consagración de una idea lineal, claramente coherente consigo misma y que refleje la imagen fija de una psiquis individual, con un claro proyecto distinto a los demás individuos. En resumen, la individualización del pop.


No quiero que estas líneas se lean como una glorificación de una forma respecto de la otra, además hay que tener presente que tanto como en aquel momento había solistas muy populares, lo mismo hoy subsisten también bandas y grupos muy exitosos. Sí quisiera, sin embargo, llamar la atención sobre este fenómeno, a través del cual incluso el producto-álbum de una banda se vende como un único “estado de ánimo” de principio a fin; actitud muy conveniente a una escucha pasiva, de fondo, cada vez más prevaleciente en nuestra sociedad contemporánea. Esta actitud termina moldeando tanto el mercado de la música popular, como al artista mismo en su proceso creativo.

Sólo de una banda de miembros con ideas dispares y propias puede nacer un caos emocional como el del white album. Incluso Abbey Road, considerada por muchos su obra maestra, es el fruto de las discrepancias creativas más extremas (que luego resultaron en la disolución), es el punto medio entre cuatro álbumes ideales, que probablemente hubieran sido inferiores en calidad.


Si bien como ya dije, no quisiera glorificar arbitrariamente la música del pasado respecto a la de hoy, me parece útil enfatizar las posibilidades de pensar una estética grupal en la música actual. Algunos ejemplos son muy ilustrativos de este potencial, bandas como Alabama Shakes o Black Country New Road; e incluso por fuera de los géneros más tradicionalmente grupales (como es el rock) las posibilidades son aún más nuevas, basta con escuchar el álbum homónimo del ensamble de cámara YMUSIC, concebido ya no por compositores “ajenos” sino por los mismos músicos, con un resultado dinámico y fresco.


YMUSIC (Izquierda) el grupo norteamericano de cámara que se revela frente a los compositores y toma el poder sobre la partitura.

BC;NR (derecha) lejos de ser otro revival de un rock ya gastado, incorporan elementos que van desde el minimalismo de S. Reich hasta el pop de Billie Eilish y Frank Ocean para un resultado verdaderamente vivo.

 
 
 

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