Sobre la Nostalgia
- cuervo albino
- 25 mar 2024
- 5 min de lectura

I. Madrugada
Cuando unos años atrás me auto enseñaba inglés, recuerdo haberme topado con la palabra homesick. El bien intencionado traductor de Google me propuso en aquel entonces “nostálgico”.
Hoy a eso de las 5 y media de la mañana Francisca me despierta, unos minutos antes que la alarma. Mientras ella se lavaba los dientes, el cielo brillaba oscuramente en ese azul cobalto de la madrugada y yo pensaba en aquella confusión. En algún momento me habré dado cuenta del matiz que separa homesickness de nostalgia, pensé, quizás escuchando la palabra en uso, además de notar que los angloparlantes, en algunas ocasiones utilizan a su vez nostalgia, para significar lo mismo que nosotros.
El fenómeno de la homesickness es fascinante, en particular me llama la atención en los niños: Todo niño de vacaciones con su familia tendrá un momento de tristeza profunda e inexplicable, de enojo y mal humor general. Si se le pregunta, el niño no sabe la causa de su rabia, He’s just homesick, dirá algún adulto observador. No sabe que extraña su hogar, pero lo siente, tan fuertemente como para llorar y patalear, desdeñando las vacaciones que antes anhelaba con vehemencia. Además la palabra sickness implica una enfermedad, como si uno se hubiese agarrado una fiebre o algún virus cualquiera. Un instinto primordial en nuestra conciencia nos empuja a ese espacio sentido propio, al “hogar”.
Ahora bien, a pesar de mi divagación matutina, la etimología de nostalgia nos revela cierta identidad entre ambas palabras: del griego antiguo νόστος (nóstos, volver a casa) y ἄλγος (álgos, dolor) surge el neologismo latino “nostalgia”, el dolor por volver a casa.
La palabra hoy, sin embargo, esconde como significado un sentimiento más abarcativo que el mero deseo de retorno, (quizás más cercano etimológicamente a esa homesickness). Mientras sigo tirado en la cama, frente al cielo cada vez más claro fragmentado a líneas horizontales por la persiana de madera, ensayo algunas definiciones en voz alta. “Es quizás la más japonesa de las emociones occidentales” le digo a Francisca en chiste. Estoy pensando en la idea de Mono No Aware, definida generalmente como una melancolía impregnada en todas las cosas a causa de su carácter efímero e impermanente. Nostalgia es quizás nuestra melancolía al sentir profundamente el paso inevitable del tiempo, lo irreversible de su condición lineal, unidireccional, destructiva incluso.
Melancolía es acertado pero no suficientemente preciso, si bien la nostalgia la podemos ubicar más saturnina que jovial, no es una emoción caracterizada por su tristeza. Digámoslo así, no es categórico de la nostalgia ser “triste”; ¿Qué es, entonces, intrínseco, inseparable de la nostalgia? Para empezar, el pasado. No existe una nostalgia del futuro, aunque sí quizás, como veremos más adelante, una nostalgia de algo indefinido. Vuelvo entonces a mi definición: Nostalgia, la impresión profunda, visceral de sentir el paso del tiempo.
Me parece llamativo, además, que los momentos y lugares que se llaman liminales o “de paso”, (aeropuertos, estacionamientos, el café vacío de la estación de servicio, las madrugadas) donde el tiempo está congelado y parece no transcurrir, es allí donde encontramos la inclinación más potente hacia la nostalgia. Sucede que la nostalgia es otro de estos espacios sin tiempo. La nostalgia es un lago estático, dentro del cuál las cosas, los recuerdos, no cambian. Allí radica su poder.

II. El poder de la nostalgia
Cuando era adolescente escribí en mi cuaderno de notas, “aquel que vive de la nostalgia, está muerto en vida” ¡Qué cosa más adolescente para decir! Es evidente, el adolescente es (al menos en abstracto, un adolescente ideal) un ser sin nostalgia, su pasado se limita a una niñez que es necesario negar para llegar a la añorada adultez. Además, a mi joven parecer, mi época estaba signada por una epidemia de falsa nostalgia: la música con su sonido a revival de los 80’ y el cassette, la increíble cantidad de películas y series de estética retro que se popularizó en aquellos años; todo esto me parecía apelar a una nostalgia no-vivida, a la manufacturación de un recuerdo feliz, de una época de la cuál apenas nuestros padres conservan poco más que una infancia. En lugar de apostar a lo nuevo, a lo posible; la industria cultural nos regurgitaba esa vieja moneda conocida, ese truco barato de apelar a esa debilidad tan humana de la nostalgia.
Hoy en día, si bien la tendencia hacia esa auto-nostalgia se acentúa más y más, ya no creo que se trate de un mero truco de mercado, sino una característica más profunda del estadío que transita nuestra vida cultural “occidental”. (Hay, de hecho, un libro de Simon Reynolds que aborda este mismo tema: “Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado”, al día de la fecha no lo leí, pero a juzgar por la contratapa quizás esclarezca en algo este punto, para quien le interese).
Sea como fuere, todas las otras etapas de la vida están impregnadas de nostalgia, en especial, curiosamente, la niñez. ¿Cómo puede ser una etapa tan nostálgica la niñez, si el niño apenas tiene un pasado que añorar? Creo que en la niñez es patente una especie de nostalgia en potencia, nostalgia pasiva, uno vive como imprimiéndose de manera constante sobre un papel fotosensible. Cuando uno recuerda la niñez, no tiene la impresión de estar otorgando nostalgia desde el presente, uno recuerda y encuentra la nostalgia, como si hubiese estado ahí todo ese tiempo, mientras se desenvolvía la acción incluso. Un niño es particularmente sensible a esa nostalgia avant la lettre, y tengo la certeza de que -como tantas otras capacidades- esa sensibilidad no se pierde, sólo se obstruye; y que cualquier adulto e incluso adolescente pueden escudriñar su aparato sensitivo para encontrar ese primer germen, que en algún futuro será ese escabeche de la nostalgia, conservando nuestros recuerdos.
Para concluir, quisiera ejemplificar lo que considero el “poder de la nostalgia” con una anécdota personal (ya que al parecer no hay suficientes en este artículo). Cuando era niño, solía visitar todos los domingos a mi abuela Susana en Villa Italia. El terreno estaba dividido al medio de modo que uno tenía, al entrar, la petisa casa donde ella vivía a la derecha, con un galpón que si no recuerdo mal alquilaba; y a la izquierda un largo patio delantero, de piso de asfalto, con algunas crassulas y una parra de uvas verdes. Este patio delantero apenas sufría alteraciones, como mucho la parra cambiaba como cambian esas plantas con las estaciones; lo demás, cada maceta gris, cada mancha de aceite, permanecía inalterado a través de los años. Uno de esos domingos tuve una experiencia particular: estimo haber tenido unos 10 u 11 años, de pie frente al tan recurrente patio sufrí un repentino ataque de nostalgia. El patio se transformó ante mí y lo ví exactamente como era 5 años atrás, como si hubiese viajado en el tiempo. Lucía idéntico, pero era otro patio. En ese momento me dí cuenta, claramente hay cosas invisibles, imperceptibles por otros medios, que la nostalgia revela. En la nostalgia todo yace congelado e igual, no nos reservamos dos nostalgias distintas para cosas que sucedieron en lugares o épocas diferentes, la nostalgia es un único lugar dentro de cada individuo; donde las emociones como congeladas, como fotografiadas, están listas para examinarse de nuevo, incluso para experimentarse una vez más.




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