¿Ha sido todo hecho?
- cuervo albino
- 5 jul 2021
- 3 min de lectura

Siempre tuve una infatuación intensa hacia el arte del siglo XX, de esos amores tóxicos que a veces rozan el auto-desprecio. Siempre me pareció eterno, más vasto que todos los siglos anteriores juntos y tan amplio que salpica y rebalsa hasta el día de hoy como un océano que no quiere acatar frente su costa. No podría decir que seguimos en un estirado siglo XX, sería falso; pero sí en muchos casos seguimos hablando su idioma, reformulando sus indicaciones y reconstruyendo sus eventos. Ya no me lamento, como hubiera hecho en otro momento, de que “ya todo haya sido hecho”; es cierto que en algún sentido se agotaron de manera casi exhaustiva las posibilidades de la vanguardia, se tocó el límite entre la obra plástica y el objeto o el espacio, entre la música y el silencio, entre el teatro y la vida; es algo parecido pero no igual. Yo hoy formularía más bien que “todo ha sido empezado” y si vamos a tener una ansiedad en el siglo XXI más bien sería la de completar todos esos espacios que quedaron a medio llenar.

Por otro lado, el fin de la vanguardia como método, de la ruptura como ciencia, de la experimentación como avance; implican para algunos un desinterés respecto a lo novedoso en pos de lo que simplemente es bello. Ahora bien, la belleza fue siempre un término hecho de arena movediza y en una era previa a la destrucción total del siglo XX se hubiese justificado en relación a preceptos pseudo-científicos o arbitrariamente metafísicos y en normas para la construcción armónica de una obra. Sería pertinente preguntarse, una vez que fue demolida la belleza en tanto bandera del arte, ¿cómo se supera el eterno problema de la definición de lo bello? ¿podemos dejarla entrar, después de haberla echado? ¿reconstruirla tras haberla destruido? La práctica moderna, a mi parecer, resuelve la contradicción y el problema de la subjetividad (the eyes of the beholder), abrazandolos plenamente, haciéndolos parte del juego. Esto presenta una dificultad innombrable. Si se puede construir belleza, ésta no sigue preceptos, no tiene fórmulas ni normas universales. Las características que en el objeto A son bellas en el B son espantosas y viceversa, Y así mismo lo que para el individuo o grupo A es hermoso, para el B podrá ser mediocre. Sin embargo esto no impide que numerosos grupos de personas, cada vez más evidenciados por el auge de internet, conciban y perciban belleza en los mismos fenómenos; y debatan los mismos, muchas veces presentando de manera muy convincente justificaciones detrás de su apreciación personal de alguna obra, señalando algún aspecto emocional o algún juego entretejido de complejidades o referencias, por ejemplo. Entonces la tarea de este artista, es encontrar dentro de su propia intuición y experiencia en el mundo dónde es que está esa belleza y cómo se la puede llevar a la obra.
Claro está que la búsqueda de lo inexplorado y aquella de lo bello no se excluyen mutuamente, muchas veces una nueva visión sobre alguna arista de la vida o del arte producen la sensación que produce la belleza por el simple hecho de su genialidad, y a su vez si la belleza no funcionase como una exploración de lo nuevo, estaríamos igual que hace siglos, y esa monotonía hoy en día, sin dudas haría menguar su efecto sobre ciertos consumidores de arte.

A todo esto estamos tomando al arte casi como a un objeto aislado de su contexto, cosa que no es. El otro eje de desarrollo del arte, es relativo a ese contexto, que hoy es tan distinto al de entonces. ¿Qué tan lejos puede llegar un arte que no refleje la realidad que un artista vive? Incluso el artista en esa frase podría estar de más. Si el arte no refleja en cierta medida algún aspecto de la realidad en que es concebido, arderá tan rápido e intransigente como un fósforo. Entendamos la actualidad como un proceso complejo que incluye la memoria, colectiva e individual. Me refiero a que quizás un réquiem para las víctimas de la segunda guerra mundial puede tener lugar en nuestra sociedad, a pesar de ser un hecho ya pasado hace casi cien años, más uno para las víctimas de la invasión de los mongoles en el siglo XIII probablemente no tenga más que un efecto sarcástico o de curiosidad histórica. Tenemos una relación personal con el arte, nos involucramos con él en tanto nos permite reflejarnos. Nunca habrá dos contextos iguales y como -aliviante- consecuencia nunca habrá dos formas iguales en las que una obra vaya a repercutir. En otras palabras, jamás habrá dos obras iguales, jamás podremos decir que todo ha sido hecho.



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