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La curiosa longevidad del Surrealismo.

  • Foto del escritor: cuervo albino
    cuervo albino
  • 12 feb 2022
  • 5 min de lectura

Podemos pensar que las vanguardias artísticas surgidas durante la primera mitad del siglo XX comparten una ambición común: que su visión sea aceptada como la verdad absoluta del arte. A diferencia de esta época nuestra que algunos llaman “posartística”, denominaciones algo grandilocuentes de las que personalmente prefiero mantenerme lejos, donde en la mayoría de los casos, las diversas posturas conviven cordialmente. Esta característica deja en claro que aquella ambiciosa tentativa de las primeras vanguardias no las llevó al puerto que esperaban; ahora bien, quizás quepa hacer una pequeña salvedad respecto al surrealismo.


André Breton, fundador del movimiento, o al menos uno de ellos, ya que durante la misma época circularon varios manifiestos surrealistas. De cualquier manera tras un proceso judicial Breton se hizo con los derechos de autor de la palabra "surrealismo" y pasó a la historia como uno de los mayores déspotas de la estética francesa.

Decir que el surrealismo “triunfó” por sobre sus contemporáneos es claramente una exageración, sin embargo esto no quita que su influencia hoy, en pleno siglo XXI, se haga sentir mucho más y de manera más evidente, que aquella del futurismo, por poner un ejemplo. Desde los films desconcertantes de David Lynch o Charlie Kaufman, pasando por el lado psicodélico del pop, incluso hasta el humor absurdista que circula en internet; rastros del surrealismo hoy se hacen sentir, y se hacen sentir de manera ostensible, e incluso orgullosa. ¿A qué se debe esto? ¿Qué santo grial encontraron los surrealistas para ocupar ese lugar en la posteridad?



No hay que excavar demasiado profundo en la obra de David Lynch para hallar rastros de surrealismo.

Por un lado, es evidente que los surrealistas no “inventaron” una estética de cero; no buscaban —como los dadaístas, sus predecesores más próximos— una ruptura total de la lógica imperante y de la estética establecida, o al menos no solo eso. Ya en el primer manifiesto surrealista de 1924, André Breton¹ es muy consciente de los hombros sobre los que está parado, como en el texto de Borges sobre Kafka², los surrealistas crean a sus predecesores. Pintores como Jheronimus Bosch o Giuseppe Arcimboldo son ejemplos conocidos, Bretón menciona también a Dante y Shakespeare como “surrealistas por momentos”, así como evidentemente a los poetas “malditos” (Rimbaud, Baudelaire, Lautreramont, etc.) tradición en la que se basan más directamente para fundar las bases de su movimiento.


Giuseppe Arcimboldo (1526 - 1593)
Jheronimus Bosch (1450 - 1516)

Sin ir más lejos, la misma idea de metáfora es en su esencia bastante surrealista, pensada como la unión de dos realidades diferentes, distantes, sintetizadas hacia un punto de coincidencia subjetivo, formal o ideal, que el poeta nos señala. Breton toma, por ejemplo, la frase “El día se desplegó como un blanco mantel”, y vemos cómo dependiendo del contexto podemos atribuirle más o menos connotaciones surreales. Lo cierto es que es mérito del surrealismo (no sin un gran antecedente en Rimbaud) el haber “liberado” a la metáfora, llevándola al extremo, al punto que la poesía contemporánea ya no es capaz de discernir entre una metáfora surrealista y una no-surrealista.


Entonces, respecto a nuestra pregunta inicial, cabe suponer que al traer a colación una idea estética que se dio a lo largo de la historia del arte, nos sorprende menos que haya perdurado después de casi cien años. Dicho en otras palabras: puede pensarse que los surrealistas no hayan inventado el surrealismo, sino más bien lo hayan descubierto.



Por otro lado, hacia los años 60’ cuando ya el arte comenzaba a virar hacia nuevas direcciones —cada vez más unidas al mercado, y más similares a nuestras formas contemporáneas—, el surrealismo gozó de una especie de impulso, una revitalización fortuita. Primero, los beatnik retoman gran parte de sus técnicas, el “automatismo psíquico” o la escritura rápida y casi inconsciente, es la base de la obra de Kerouac; Ginsberg escribe en admitida deuda con Artaud. Segundo, el movimiento hippie y el auge de la psicodelia y las drogas alucinógenas, si bien no son sinónimos mantienen grandes puntos de contacto con los mundos oníricos del movimiento surrealista. Tercero, la teoría de Freud —una parte indisociable del surrealismo, en especial en lo relativo a la noción del subconsciente—, lejos de pasar de moda, tomó más y más protagonismo en el mundo intelectual así como en la vida cotidiana del grueso de la sociedad, entrando paulatinamente en el acervo del sentido común. Este pequeño impulso que se siente desde mediados de siglo puede haber dado al surrealismo un nuevo vuelo, una perspectiva ulterior, como una mini-metamorfosis, que influye en su incidencia hoy en día.


Jack Kerouac con su rollo de "On The Road". Su estilo apresurado, crudo y catártico recuerda inevitablemente al automatismo psíquico, técnica inventada por Breton a través de la cuál se da rienda suelta a la pluma, escribiendo lo que aparezca en la mente sin detenerse ni editar nada.

Por último, podemos hacer referencia a su sentido del humor. Este humor, buscado explícitamente desde los inicios del movimiento, lo reviste en un envoltorio “aceptable”, conocido, digerible por un público que ya no está tan abierto a ciertas formas de experimentación y vanguardia “en crudo”. Es notorio cómo el talento, en el sentido técnico, actúa de manera similar como un puente entre lo desconocido y el observador; más de una vez uno escucha la opinión de que “Dalí es un gran pintor, porque a pesar de hacer cosas raras y deformes, se nota que sabe pintar”. Ahora bien la diferencia aquí con el humor radica en que éste es una parte inherente al movimiento surrealista; esto es siempre y cuando se trate de un tipo particular de humor —ahora sí heredero puro del dadaísmo—, en el que lo absurdo y lo arbitrario generen la conciencia repentina del nivel de absurdismo y arbitrariedad en el que vivimos inmersos, señalando cómo nos rodea en tanto sociedad y humanidad.



"Bello como el encuentro fortuito, en una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas" La frase de Lautreamont maravilló a los surrealistas en su arbitrariedad tan espontánea.

La gran mayoría de los llamados “memes surreales” que circulan en varios formatos, imágenes, videos, etcétera; se dividen en dos formas principales: asociaciones ferozmente arbitrarias, usualmente a través de algún tipo de collage digital en el que se superponen tipografías e imágenes, muchas veces dejando al texto apenas inteligible; y retratos abstractos de eventos sociales, noticias contemporáneas o de los mismos “memes” en boga en otras esferas del humor, despojados de sus elementos particulares (por ejemplo reemplazando un concepto particular de una red social específica como puede ser un like, por una frase de sonoridad deliberadamente neutra como “muestra de apreciación moderada”) usualmente a efecto de una connotación crítica. No veo realmente diferencia alguna entre estas formas y aquellas empleadas a principios del siglo pasado.

No es nueva la relación construída entre arte de vanguardia y el nuevo humor del meme, mucha gente habrá notado ya las similitudes. Si bien el tema en cuestión excede los propósitos de este artículo, sería de gran interés un análisis profundo de estas nuevas formas de expresión, en especial su característica distintiva respecto al arte del pasado: su anonimato intrínseco.



memes en el umbral de lo comprensible

Lo cierto es que estos absurdismos no surgen del vacío, y si resuenan en la conciencia popular es quizás en relación a un mundo “exterior” que se revela a su vez como absurdo, política, económica y culturalmente. En esa búsqueda crítica reaparecen tanto el dadaísmo como el surrealismo, que durante un primer momento fueron reacciones ante las grandes guerras y el fascismo —culminación irónica del positivismo racionalista y de la creciente industrialización que tanto bien prometían durante el siglo XIX. Aquellos movimientos, en una era nueva con nuevas desilusiones y desesperanzas, sacan hoy una vez más la cabeza a la superficie para encontrar otra manifestación, una nueva metamorfosis.


¹ "Manifiestos del Surrealismo" André Breton, 1929 - 1953. Editorial Terramar.

² "Kafka y sus precursores" en Otras Inquisiciones, Jorge Luis Borges, 1954. Editorial La Nación.

"EL surrealismo de Hoy" Tristan Tzara, 1947. Editorial Alpe.

"Merz 1924 - 1932" Kurt Schwitters. Buchwald Editorial.

 
 
 

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