La familia imaginaria de J.D.Salinger
- cuervo albino
- 16 jun 2021
- 7 min de lectura

Si hay algo en lo que siempre fui irremediablemente pésimo, es en la elección —o incluso mera tenencia— de favoritos; libros, canciones, prácticamente todo, ni siquiera tengo un color favorito. Si bien muchas veces he intentado fingir ante las inquisiciones (principalmente durante mi infancia) acerca de estos sectores de la realidad a las que yo tenía que otorgar un lugar privilegiado; tampoco se me hacía posible, y no podía más que titubear y cambiar de tema incómodamente. Quizás esto se deba a siempre haber tenido la sensación de que tal decisión es demasiado importante para ser tomada a la ligera, o bien para ser tomada en absoluto. Sin embargo, si hoy se me apuntase con un arma y se me pidiese elegir un libro para esta estantería especial de mi consciencia, es probable que me fuera a inclinar hacia Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour, an Introduction, de J.D. Salinger, cuyas páginas acabo de recorrer por segunda vez, unas horas atrás. O quizás hacia Franny and Zooey, del mismo autor. Me reservo el derecho —si el señor armado me lo permite— de tomar estas dos novelas, y algún que otro relato corto, como un único trabajo de ficción, en función de que todas aquellas narraciones giran en torno a la numerosa familia Glass, gravitando particularmente hacia la cuasi-mitológica y casi siempre lateral figura de Seymour, el hijo mayor.
Antes de hablar del libro en sí, quisiera, con el perdón del lector ansioso, desviarme brevemente hacia un momento más bien anecdótico sobre mi experiencia personal con el mismo, a fin de darle una nota (incluso más) humana a esta recomendación o catarsis estética; y también por el mero hecho de que es mi texto y puedo meterme en él a voluntad, si así prefiero.
Yo no era un gran consumidor de novelas durante la época que podemos llamar mi adultez temprana o adolescencia tardía, es decir ese momento donde comienzan a retirarse definitivamente (uno espera) los fatídicos símbolos de la pubertad. Si bien tuve mis instancias de acercamiento a la ficción, mis pocas lecturas se circunscribían a ciertos textos clásicos de filosofía, sobre la base de una frustración personal ante el hecho de no poder cursar dicha carrera en mi ciudad natal. Una noche, un buen amigo con quien teníamos la práctica de juntarnos a ver films excepcionales (ya sea por su calidad cinematográfica o, más usualmente, por su falta de) me prestó de su biblioteca personal, el primer título que mencioné unos párrafos arriba, en su versión traducida al español. Cabe hacer hincapié en una posible duplicidad de interpretaciones en esta situación. No sé cuál será la percepción de mi amigo sobre el tema pero en mi reconstrucción del evento me entrega ese librito largo de tapa blanca y bordó, como quien entrega un plato de guiso de lentejas a un mendigo que postrado en la vereda, pide vino y cigarrillos. Desde la primera leída quedé fascinado con el texto, pero más sobre eso en un rato. Automáticamente después de terminarlo me facilitó Franny & Zooey, y ahí comenzó una nueva tradición en la que yo iba a su morada, una hermosa y antigua casa “chorizo” algo venida abajo, repleta de libros y cajas de té; y entre la luz filtrada de los ventanales y el polvo de los herméticos manuales en francés, entrabamos a su habitación, donde toda una pared estaba ocupada por libros encima de libros, que parecían empujarse como espectadores en el palco más barato de un teatro. Ahí charlábamos un rato, quizás tomando algún té, y él terminaba tendiendome alguna recomendación personal. A través de esa dinámica se formó mi afición por la literatura.

Salinger Exhibition en la New York Public Library
En el momento que escribo estas palabras, estoy en la particular situación donde Raise High... es a la vez el primer libro y el último que he leído en mi vida adulta, dejando a los demás fragmentos de la literatura sandwicheados entre Salinger (o bien sangucheados, no me decido bien cuál de los dos me gusta más). Esta perspectiva me deja, quizás, en una posición más propicia para responder una pregunta que mucho tiempo tuve en la cabeza: ¿Era el libro tan bueno o fue la impresión de un primer acercamiento a la literatura y a las posibilidades de su estética? La respuesta corta es que sí, es así de bueno; y Camilo tuvo la agudeza de prestarme, sin referencias sobre mi gusto más allá de lo que pudo deducir de mi visión de la vida y el arte en general, lo que sería luego uno de mis libros favoritos. (Ya ven cómo me escapo de la afirmación: “uno de mis”. Cobarde).
Habiéndolos releído, y ahora en su idioma original, lo primero que salta a la vista es el estilo verboso, verborrágico, hasta verbofílico del autor. Si bien estos adjetivos suelen servir para menospreciar la prosa de ciertos autores y tildarla de redundante, lenta, aburrida, pedante, y lo demás; lo cierto es que Salinger no solo es un escritor verboso, sino también un escritor magnífico. Sus palabras revisten a la historia de una solemnidad y una estética que hace a una gran parte del disfrute que personalmente obtengo de su obra. Su narración está repleta, además, de saltos y vueltas a la práctica tradicional de la escritura, sin llegar a ser abiertamente vanguardista; por ejemplo, la cuarta pared es rota con frecuencia (más que nada durante el extenso soliloquio que es Seymour, an Introduction, dónde no solo nos avisa cuándo se va a dormir o si la silla en la que escribe es cómoda; sino que también en una ocasión nos regala un racimo de paréntesis) y nos presenta lado a lado descripciones realistas con figuras entre subjetivas, caricaturescas y por momentos casi fantásticas. Y pongo énfasis en ese casi, ya que Salinger está muy lejos, muy lejos de la fantasía, y sin embargo todos los objetos que aparecen en su narración vibran con una magia palpable.

Otra característica que sería criminal ignorar, es lo que él mismo llama (en palabras de Seymour) su “Buen Oído para los Ritmos y Cadencias del Habla Coloquial”. Efectivamente quizás este sea el rasgo más distintivo del autor. Mediante el uso de italics muchas veces metidas en medio de las palabras, uno puede seguir la lectura con un mapa preciso de la acentuación y ritmo del habla. Los personajes cobran vida, aparecemos por arte de magia en Manhattan, New York, 1959.
Todo esto me llama hoy la atención, teniendo como referencia a las demás formas de literatura que he consumido estos años. En aquel momento mi impresión fue mucho más visceral. Por un lado recuerdo haber reído mucho; esta segunda vez sucedió igual, Salinger es un escritor muy cómico, de una manera muy elegante, sin jamás hacer parecer a la novela una obra de comedia. Pienso ahora en la interminable escena donde Zooey está tomando tranquilamente un baño en su bañera, leyendo una carta y fumando; hasta que su madre Bessie irrumpe en la habitación y se queda conversando con él contra su voluntad por páginas y páginas y páginas. El escenario absurdo, y el contraste entre la frivolidad y despreocupación de la madre —en bata, no hacía falta decirlo— y la hostilidad del hijo; dotados de la credibilidad que ofrecen los geniales diálogos que confecciona el autor; generan una situación desopilante, que quedó grabada en mi memoria como si la hubiera visto en una película. Pero las situaciones que vive la familia Glass no son solo cómicas, sino también, y muy usualmente, son bellas. Como todo buen esteta el autor tiene un don para la belleza, ambas novelas concluyen en una nota de belleza que está entretejida con felicidad y éxtasis, de manera prácticamente religiosa. Una belleza que brilla en contraste con las cosas de donde emana: una llamada telefónica, un cenicero lleno de colillas de cigarrillo, un diario íntimo leído sobre el incómodo borde de una bañera y particularmente, un juego de bolillas.

Crédito artístico a David Richardson
https://litkicks.com/GlassFamilyAlbum/
Por último, y en relación con lo anterior, quiero destacar el aspecto más poderoso —en mi opinión— de esta gran obra suya que es la familia Glass; y esto es lo que sucede cuando los ojos realizan el despegue, impulsados desde la pista de las palabras, hacia el cielo de la realidad exterior al libro. No debo ser el único que continua la realidad que encuentra en prosa hacia la vida material, ciertos autores tienen una forma particular de quedar resonando, tiñendo la vida. Salinger es uno de ellos, y qué particularmente bella es esa realidad cuando se la mira con sus anteojos (hágase aquí, si se quiere, un juego de palabras entre Glass y glasses). Principalmente esto se debe a la interpretación del Zen de su emblemático personaje Seymour. Del Zen, por diversas cuestiones, entre ellas respeto, no voy a decir nada; en cambio, sí me siento en la necesidad (es una palabra fuerte, pero creo que expresa una verdad) de hacer un último comentario sobre el personaje. Para comenzar su construcción es siempre ambigua, el narrador de todas las historias, su hermano menor Buddy Glass, tiene una admiración infranqueable por él, e incluso durante su Introduction parece hacer un esfuerzo serio y casi nunca exitoso de que estos sentimientos no se entrometan, y de presentarlo de manera imparcial. Más allá del cuento A perfect Day for Bananafish Seymour no hace aparición física alguna en ningún momento de la narración, siempre aparece en anécdotas, cartas, comentarios. Por un lado se lo describe como un muchacho sabio, bien intencionado, humilde, incapaz de no ser sincero, sensible y un excelso poeta, que jamás persiguió la publicación ni el reconocimiento. Pero principalmente es su sabiduría lo que resalta, en un sentido prácticamente oriental, Seymour parece conocer la forma que Dios toma en el mundo, entrevé esa divinidad en los lugares donde los demás no la ven. Por otro lado, sin embargo, no faltan las evasivas pinceladas de oscuridad; su suicidio, un ataque de ira injustificado contra una mujer en un ascensor, una ocasión en la que arrojó una roca a la cara de una niña por motivos inexplicables; todas instancias que nuestro narrador no fiable tiende a esquivar, dejar sin explicar, como si al ocultar el lado fallido de Seymour, fuera consciente de que el Seymour que deja para la posteridad es uno idealizado, un modelo a seguir ficcional, haciendo quizás un guiño, desde la doble posición de Salinger como alter ego de Buddy Glass (en muchas ocasiones atribuye a Buddy cuentos escritos por él mismo) al hecho de que en verdad es un ser ficcional, y que esas partes oscurecidas en el texto, quedan a merced de nuestro criterio la posibilidad de ser iluminadas, o no.
Quizás también, el narrador nos insiste sobre estos detalles para recordarnos, que más allá de sus peculiaridades Seymour es humano, como nosotros. ¿Por qué no buscar, entonces, también nosotros a Dios metiendo los dedos entre los ceniceros usados, con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro?



Es usted un gran esteta de la reseña. Recomendadísima la lectura de Salinger y muy acertadas tus apreciaciones. Suscribo con alegría a este encomiable esfuerzo.