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Pure Comedy, por Father John Misty

  • Foto del escritor: cuervo albino
    cuervo albino
  • 7 oct 2021
  • 6 min de lectura


Me arriesgaría a estimar que a comienzos de 2017, pocos esperaban que Josh Tillman, aquel romántico barbudo detrás del proyecto Father John Misty; largase un álbum como Pure Comedy. Supongo que tampoco fue una sorpresa; por un lado ya destellaba una reminiscencia a Dylan y Cohen que Pure Comedy no hizo más que consagrar; por otro lado el resultado de las elecciones de 2016 en los Estados Unidos estableció entre muchos una atmósfera de desilusión y hasta absurdismo que se reflejó en muchas creaciones artísticas tanto en USA como en el resto del mundo. En una época donde la toma de decisiones respecto al ambiente determinaría la continuación de este “experimento humano” como lo llama Tillman en una de las últimas canciones, el país cuyo sector privado consume un tercio de los recursos del planeta (albergando a menos del 6% de la población mundial) elige a un líder negacionista. En un momento donde la lucha por la reivindicación de las minorías, por la inclusión y la aceptación de lo ajeno, se volvía más ferviente y parecía escalar al fin hacia la conciencia colectiva, asciende un líder xenófobo, homófobo y filoracista.


En dicho contexto no es tan raro imaginar a un Josh Tillman, entre tantos otros, tironeandose los pelos en desesperación e incredulidad. Sin embargo su reflexión y su diatriba dieron algunos pasos hacia atrás y parecen querer abarcar algo más fundamental. El disco comienza con los inicios de la humanidad


“The comedy of man starts like this:”

(La comedia del hombre empieza así:)


Ese primer track, “Pure Comedy” parece resumir la idea general del disco: somos seres inferiores, a medio formar, nacemos físicamente incapacitados para sobrevivir solos y de no ser por el trabajo cooperativo seríamos devorados por cualquier bicho que anda suelto por ahí. Nota también cómo esta cooperación rápidamente se institucionaliza y jerarquiza, cómo enseguida este grupo de animales inferiores empapa de significado aspectos de su existencia que no necesariamente lo tienen, culminando con la existencia misma, en la idea de un ser supremo.



Si bien la rigurosidad antropológica de las letras no es algo a lo que probablemente haya que poner bajo juicio estricto; esa simplificación se vuelve perfectamente efectiva en el contexto teatral de la canción; al fin y al cabo estamos presenciando una Comedia, una parodia de nuestra propia especie, sonorizada con pianos a la Broadway que suman a la ironía general que tiñe la obra.


El resto del álbum se mueve a todo tiempo y lugar: “Things that would’ve been helpful to know before the revolution” nos presenta un futuro posible en el que superamos las barreras ambientales y derrocamos el sistema industrial que causó todo aquel desastre; sin embargo, la vida es detestable. El narrador relata la vida neo-tribal y nomádica que llevan, con cierta nostalgia de las comodidades superficiales que hacen nuestra vida miserable en el presente, “We all get a bit restless with no-one advertising to us constantly” (Nos ponemos un poco inquietos sin las constantes publicidades). Hacia el final de la canción, cuando la humanidad ya se acostumbró al nuevo modo de vida, hay un comentario sobre el calentamiento global revirtiendose, los polos volviendo a congelarse y sobre ciertos "visionarios" desarrollando nuevos productos; esto implica una idea presente en todo el álbum, ya expresada en una frase de Ecclesiastes que encabeza el ensayo que el propio Tillman incluyó en el disco (el cual recomiendo más que este).


“What has been is what will be,

and what has been done is what will be done,

and there is nothing new under the sun…”


(Lo que fue es lo que será,

lo que fue hecho es lo que será hecho,

y no hay nada nuevo bajo el sol)


Lo que Father John Misty señala no es (solamente) un país incapaz de elegir democráticamente a un líder apto; sino aquella cosa inherente a nuestra naturaleza, que como humanos nos obliga a eternamente elegir inepto tras inepto, cíclicamente, por el resto de la eternidad.





“Ballad of the Dying Man” es otro punto alto de esta primera mitad del disco, que dicho sea de paso es bastante largo para estándares pop. Situado en algún momento cercano al presente, un hombre que se enfrenta a su propia muerte, se lamenta dejar atrás un mundo lleno de “pretenciosos” “hipsters” e “ignorantes” entre otros adjetivos. Esa hermosa capacidad de observación y parodia que caracteriza a Tillman nos complace con esta fidedigna reconstrucción de un personaje que todos conocemos: el comentador compulsivo de las redes sociales.


“So says the dying man once I’m in the box

Just think of all the overrated hacks running amok

All of the pretentious ignorant voices that will go unchecked

The homophobes, hipsters, and 1% of false feminists he’d manage to detect

Who will critique them once he’s left?”


(Entonces dice el hombre muriente, una vez que esté en el cajón, pensá en todos estos idiotas sobrevalorados corriendo por ahí, cada voz pretenciosa e ignorante que quedará sin chequear, los homófobos, hispters y el 1% de feministas falsos que logró detectar ¿quién va a criticarlos cuando no esté?)


Con ironía filosa banaliza no sólo a aquél personaje sino a la actividad misma, en la que todos más de una vez incurrimos; nos hace preguntarnos ¿Vale realmente la pena? Al presentarnos con un hombre en su lecho de muerte, que “antes de tomar su último aliento abre su feed para ver lo que se está por perder”, utiliza una de las fórmulas más antiguas de expresión de moralejas: el cautionary tale, término cuya traducción al español desconozco si existe, pero que denota una historia que debe servir como un ejemplo de “lo que pasa si actuás de esta manera incorrecta” muy común en las narraciones tradicionales y medievales, ahora con una vuelta de tuerca más contemporánea.





La segunda mitad de este álbum parece tornarse cada vez más enigmática, enrevesada y oscura. Inaugurada con “Leaving L.A.”, una balada de 13 minutos y 4 acordes que mezcla experiencias personales con comentarios sociales e imágenes surreales (en este momento es cuando más recordamos a Dylan) en un estilo como de libre asociación. Poco se me ocurre para decir sobre esta canción sin adentrarme en un análisis profundo que recorra cada estrofa, sólo que me deja con la boca abierta cada vez que la escucho, más aún considerando que la pista en su totalidad —guitarra, voz, cuarteto de cuerdas— dícese haber sido completada en una única toma.


La última canción particular que voy a señalar es la balada pianística “When the God of Love Returns…” la cuál disfruto particularmente por haber recuperado una temática casi ignorada desde los días de Leonard Cohen; la conversación con Dios. Al llegar el Juicio Final anunciado en la Biblia, aunque el mundo “se quedó sin excusas” Tillman parece levantar la mano y cuestionar la legitimidad de un juicio a una humanidad que con todas sus imperfecciones no hace más que buscar la manera de sobrellevar la existencia.

Cito dos líneas únicamente para exponer la musicalidad de su lenguaje. Considerando que en este caso la traducción ensucia, la omito:


“The spider spins his web,

the tiger stalks his prey;

and we steal fire from the heavens

to try to keep the night at bay.”

“We just want light in the dark,

some warmth in the cold,

and to make something out of nothing

sounds like someone else I know”





Hasta entonces hablé poco y nada de la sonoridad del álbum, cuyo valor está lejos de limitarse a lo verbal. Si bien el rótulo que primero viene a la cabeza es “Folk-Rock” este no es un disco de banjos y slide-guitars. Desde el comienzo entramos en una niebla instrumental que se vuelve cada vez más densa hacia el final del disco. Una buena metáfora visual es el arte de la portada, de lejos una figura agradable en azul y blanco, que permite a uno acercarse y conocer cada vez más y más detalles. El piano domina la grabación, en general acompañado de arreglos para cuerda y bronces a cargo de compositores de la talla de Nico Muhly o Gavin Bryars. Cada timbre es flotante y lleno de vida, por momentos la instrumentación se detiene o se deshace en colchones de eco, para agregar dramatismo en algún aspecto de la letra.


Hacia las últimas canciones este aspecto instrumental toma una importancia protagonista; casi como una metáfora para el fin del mundo, Josh parece incitarnos a dejar de lado las palabras y “contemplar” (en este caso con nuestros oídos) la extra-ordinariedad y el milagro de existir, valiéndose de la belleza de la armonía para pintar este paisaje. Mientras el último estribillo nos insiste “No hay nada que temer” el mundo decae inevitablemente y nuestra existencia colectiva pronto no va a ser siquiera un recuerdo. Pero si esto es deprimente es solo porque olvidamos nuestro lugar y tamaño, ínfimos en relación al universo.


Si bien evidentemente quedan mil y una cosas para decir sobre este álbum, este artículo no es más que una exhortación a cualquier potencial lector que haya llegado hasta esta altura, a darle una buena escuchada, o un par; a esta pieza fantástica, y descubrir la profundidad, aquí apenas rasqueteada, que tiene para ofrecer, más que nada en una época donde lo superficial evidentemente vende más y más rápido, y como tal prolifera.



 
 
 

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